Sol y Luna

Sol y Luna nacieron con el primer destello de luz que vio el mundo. Sol nació la primera, cuando el destello brillaba fuerte. Luna nació la segunda, cuando el destello comenzaba a declinar. Sol era de piel cálida y cabellos dorados, que se iluminaban con la mañana. Luna era de piel pálida y cabellos nocturnos, que se iluminaban como la plata con el atardecer. Las niñas pasaban todas las horas juntas, disfrutando de su mutua compañía y jugando con lo que había creado la Madre. Pronto se dieron cuenta de que la Madre estaba cansada, pues las plantas crecían y morían sin vástagos, dejando bosques fantasmas y tierras baldías; los cachorros se hacían adultos sin descendencia, vaciándose las madrigueras y los nidos; el agua de los ríos no corría, convirtiéndose los mares y océanos en terrenos cenagosos. Sol y Luna buscaron a la Madre, y la encontraron descansando bajo la copa melancólica de un sauce llorón. Caían sin cesar las hojas, oscurecidas por la enfermedad, cubriéndola como una manta de mustia vegetación. La Madre respiraba con lentitud y sonreía con los párpados cerrados.

—Mis niñas, acercaos —les susurró con el viento.

Sol corrió a su diestra y Luna a su siniestra, y la Madre las acunó con amor.

—Madre, las plantas desaparecen —declaró Sol, y la Madre lloró una lágrima de oro.

—Madre, los animales desaparecen —declaró Luna, y la Madre lloró una lágrima de plata.

—Madre, dinos por qué —pidieron a coro.

La Madre besó sus frentes, mojándolas con su pena, y pronunció las palabras muy bajito porque le dolía el corazón.

—La Tierra se muere, luceros míos.

Las dos niñas rompieron a llorar, muertas de miedo, pues desconocían qué sería de ellas si el mundo desaparecía.

—Pero Madre, tú creas la Vida —dijo Sol, la más resuelta de las dos.

—Yo poseo el don de crearla, mas el don de mantenerla es vuestro, luceros míos.

—Pero Madre, ¿qué podemos hacer nosotras? —dijo Luna, la más temerosa de las dos.

—Subid al Cielo y ocupad vuestro lugar, cada una a un lado. La Vida se expandirá, aumentará flora y fauna, surgirán nuevas especies.

Sol y Luna se disgustaron profundamente y se negaron en rotundo a separarse, pues se amaban demasiado. Huyeron de la Madre y se escondieron entre los árboles, pero al cabo de los días los árboles sucumbieron, exponiéndolas a la intemperie. Volvieron de nuevo al abrigo de la Madre, esperando refugio, mas no la hallaron. Vagaron por los yermos y los pantanos sin encontrarla. Atacadas por el frío y el hambre, temieron por sus propias vidas. Entendieron que su única posibilidad era partir y ocupar el Cielo. En medio de un torrente de lágrimas causadas por el dolor de la separación, se despidieron, no sin antes prometerse que se cruzarían en el firmamento al alzarse y descender.

Sol subió la primera. Encontró un trono vacío, de oro y ámbar, opaco y sin lustre. Se sentó en él y el trono lanzó un rayo fulgurante que inauguró el Día. Sol salió a pasear por su reino celeste, que compartía con las Nubes. Con ellas aprendió a construir el ciclo de la Lluvia que daba la vida a las plantas. Pronto rebrotaron los bosques y las aguas volvieron a sus cauces antes resecos. Sentada en su hermoso trono, escuchaba las conversaciones de la flora y la fauna en la Tierra. Al tiempo surgió una nueva especie, la Humanidad, que la adoró en cuanto la descubrió porque calentaba su mundo, lo llenaba con la belleza de los colores y mantenía la vida a su alrededor.

Luna subió la segunda. Halló un trono vacío, de plata y diamantes, opaco y sin lustre. Se sentó en él y el trono lanzó un rayo de platino que inauguró la Noche. Luna, siempre medrosa, se vistió con una capa de negra bruma y salió a pasear por su reino azabache, vacío y frío. Regresó a su trono y lloró de pena. Las lágrimas cristalizaron en el gélido ambiente y rodaron por el firmamento, formando brillantes figuras que le resultaban familiares. Paseó entre ellas y les puso nombre a todas, y a todas ellas las llamó Estrella. En uno de sus paseos, averiguó que casi todos los seres de la Tierra dormían cuando Estrellas y Luna lucían en el firmamento, y que el calor de todas ellas juntas no era suficiente para calentar a la Humanidad ni a cualquier otro animal. Luna se entristeció, pues solo las Estrellas podrían ser sus amigas, y vagó por el Cielo cubierta por su capa durante una semana. No quiso faltar a la promesa que le había hecho a su hermana, y se cruzaba con ella cuando se alzaba y también cuando descendía, pero Sol no podía verla a través de su capa brumosa y temió que Luna no hubiera subido al Cielo. Con gran preocupación, mandó a los murciélagos a la Noche con un mensaje para su hermana, pero los murciélagos, ciegos sin la luz, chocaron con ella y le arrancaron parte de su capa, asustándola. Sin embargo, Sol pudo ver por fin una parte de Luna y le preguntó por qué se había escondido.

—Me siento sola —se lamentó Luna con su aliento de mercurio.

Sol mandó a los búhos, los sapos, las serpientes y otros diversos animales para que acompañaran a Luna en la noche oscura. Luna, alborozada, se quitó la capa por completo y brilló con toda su luz para que los animales no se perdieran en la penumbra. Sol, sabiéndola por fin dichosa, mandó a los lobos a que le cantaran su canción. Luna desplegó un manto de etéreo platino sobre ellos y así la Humanidad la descubrió en las alturas. Pronto, mujeres y hombres aprendieron a apreciar la belleza de la noche, y la adoraron tanto o más que a Sol.

Luna escuchaba las plegarias de mujeres y hombres todas las noches, distinguiendo pronto un eco lejano que amparaba sus voces. Descendió al límite del firmamento en busca del origen del eco y se encontró con los Espíritus, aquellas almas que habían abandonado su cuerpo humano y se resistían a cruzar la Gran Puerta, pues un motivo más fuerte los ataba al mundo. Los Espíritus estaban hechos de jirones de azogue y estaño, y podían hablar con Luna sin necesidad de plegarias. Le narraban historias sobre la existencia de mujeres y hombres durante el día. Le narraban historias de lo que otras mujeres y otros hombres hicieron en el pasado, y de lo que otras mujeres y otros hombres harían en el futuro. Luego Luna retornaba a su trono para contar las mismas historias a las Estrellas.

Sol se alegraba de ver a su hermana menor en la compañía de las criaturas de la noche, a las que tocaba con sus rayos tenues sin dañarlas. Así, se dispuso a imitarla y descendió al límite del firmamento. Sin embargo, antes de alcanzarlo ensordeció con los gritos y alaridos de todos los seres vivientes tocados por sus rayos, que los hacían arder en llamas. Sol retrocedió despavorida y se refugió en su trono. Las Nubes quisieron consolarla, pero al rozarlas con la carga de su tristeza desató una tormenta de truenos ensordecedores y relámpagos fulminantes. Todo ser vivo en la Tierra buscó cómo refugiarse, atemorizado por el ruido y la energía. Incluso Luna, al otro lado del Cielo, sintió miedo de la tormenta y se ocultó. Mas la tormenta no cesaba y entendió que su hermana mayor necesitaba de su ayuda. Desobedeciendo las reglas, recorrió a toda prisa el firmamento para reconfortar a Sol con su abrazo. Al abrazarla, Luna se volvió negra y la rodeó un aro de fuego, y aún los seres vivos se asustaron más. Sol y Luna comprendieron que las reglas de la Madre eran sagradas, y que debían ocupar de nuevo su lugar.

Desde entonces, Sol y Luna se contemplan desde la distancia cuando una se alza y la otra desciende. Lanzan sus rayos y se tocan, como si se abrazaran, esperando el momento en que se les permita volver a estar juntas.

Música: First Fantasy/ADOBE STOCK

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