Hambre

La noche de Halloween es la mejor de todo el año. Paso desapercibida sin problemas entre los humanos enmascarados que pretenden ser bestias o monstruos. Como yo, como esos con los que convivo ahora. Salgo de noche, que es mi elemento, y puedo circular libremente por las calles sin provocar gritos de terror. Si me presento a un concurso de disfraces, ten por seguro que ganaré. “Qué realista es tu disfraz”, me dicen todos… Pero ninguno sabe que lo único que me queda de humana es el corazón que late debajo de garras, colmillos y pelo.

Transformarse en licántropa no fue agradable. Ni siquiera recuerdo el mordisco, aunque en la zarpa derecha tengo una cicatriz con forma de mordedura. Lo que si recuerdo con total claridad es esa quemazón tan intensa, que brotaba de mis entrañas al tiempo que mi cuerpo mutaba en lo que soy ahora.

Después vino el hambre. Un hambre atroz, voraz, infinita. Y así empezaron las desapariciones que llevan a la policía de cabeza desde hace más o menos un año. Lo que más me dolió fue comerme a mi marido. Era un tío genial, pero el hambre es mucho más fuerte que la poca voluntad que me resta. Casi me atraganto con la alianza de matrimonio. Menos mal que no tuvimos hijos…

La noche de Halloween es la mejor de todo el año. Paso desapercibida entre los humanos, mientras elijo mi próxima cena.

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