¿Cómo me metí en este lío?

Seguramente, esta será la primera pregunta que nos hacemos todos cuando nos damos cuenta de que queremos publicar. Para mí, fue y está siendo un proceso con fases muy definidas que describo ahora:

  • Primera fase: Descubrir de pequeña que, no solamente me gustaba escribir; sino que, además, se me daba bien. Que te guste escribir es fácil de detectar, te pones a escribir y punto. Pero para comprender que se te da bien, hace falta reconocimiento. Mi profesor de Lengua de la E.G.B. fue, en este del reconocimiento, muy importante, porque fue el primero. Lo recuerdo como un profesor con vocación verdadera, con ganas de enseñarnos y de motivarnos a aprender solos. Después de él, vinieron más profesores (pues sí, todos hombres, cosas de la vida), pero al que más recuerdo es al de Crítica de Cine en 2º de B.U.P. Efectivamente, existía esta asignatura en mi primer instituto, consistente en, no ver, sino observar películas, para luego escribir su crítica, que era como el examen. Digo “observar” porque nuestra función no era la de ser espectadores, no. Debíamos atender a los asuntos técnicos de la película en cuestión: estructura de guion, trabajo actoral, iluminación, fotografía… La verdad es que esta asignatura me encantaba. A este profesor le gustaban mucho los giros y juegos de palabras que utilizaba al redactar cada crítica, y así me lo hacía saber con una nota bajo la nota (¿es un juego de palabras?). Una vez más, reconocimiento. El reconocimiento de los adultos lo es todo, ¿a que sí?
  • Segunda fase: Después de años estudiando para ser encontrar un trabajo decente y ser una persona de provecho (hola, mamá), un día me di cuenta de que hacía siglos que no escribía nada. NADA. Yo era directora financiera en una multinacional estadounidense y mi vida se había convertido en 1234567890. Números en horizontal y en vertical, números buenos y malos, números que se pueden enseñar… o que no. Que conste que adoro los números (¡vivan las mates!). Pero todo tiene un límite: un día de agotamiento máximo me senté en la silla de mi despacho con GANAS DE TRABAJAR = CERO. Era un tema moral, estaba cansada de trabajar sin sentido para gente que no valoraba nada de lo que hacíamos. Y así, en plan protesta, pasé la tarde escribiendo. Me salió un cuento entre místico y espiritual, con criaturas legendarias que se encuentran y se enamoran prácticamente a la vez, porque entienden que son parte de un todo. Aviso que en mis cuentos no hay florecillas ni unicornios, o sea que, además de romántico, es oscuro y sensual. Pero, como seguía siendo directora financiera, el cuento se quedó grabado en la memoria del ordenador, y las ganas se quedaron al acecho.
  • Tercera fase: Tan importante como el reconocimiento y las ganas, es creértelo. Creer que lo que escribes importa lo suficiente como para dedicarle todas la horas necesarias, leyendo, investigando, creando… Que importa lo suficiente como para, qué locura, sea una novela (o un poemario, o una colección de cuentos, o…). Yo me lo creí, y mucho, como resultado de un conflicto. Los conflictos, a priori, son un asco porque, cuando son con otra persona, te entristecen, te agobian, te roban el sueño. O quizá, te cabrean. Yo me cabreé. Me cabreé un montón. Y cuando yo me cabreo, se me enciende el motor de producir. Inicialmente, tenía que escribir algo con otra persona, la cual escribiría una parte, y yo escribiría otra. Pero… esta persona acabó portándose mal conmigo. Y me cabreó. Recuerdo bien que el asunto se resolvió con un “vete a paseo” un viernes por la mañana. Por la tarde, me llevé todo lo que había escrito y compartido con esta persona (santo Dropbox) y decidí que iba a escribir una historia alucinante yo solita.
  • Cuarta fase: ¿Y sobre qué voy a escribir? ¿De dónde me saco una buena historia? Si te pasas por internet un rato, consejos para empezar una novela hay muchos, incluso diría que demasiados. El consejo que más veces he visto repetido es que hay, si tienes una idea, siéntate y escribe. Estoy de acuerdo, una sola idea es suficiente, aunque mi cerebro no funciona así… Yo necesito ver un horizonte más claro y, por eso, fue una ventaja estar tan cabreada, porque esta cuarta fase se solapó con la tercera. Esa misma tarde de viernes abrí el portátil y me planteé enterita la trama de mi novela. No planifiqué cada detalle, sino que dibujé los personajes principales, el arranque de la historia y una idea general de la conclusión. De ahí surgieron dos documentos: la biblia y el soporte técnico. Para qué sirve cada uno lo contaré más adelante.
  • Quinta fase: había escrito una palabra detrás de otra y tenía un libro terminado. Lo corregí varias veces, le di un formato interesante. Pero no sabía si era bueno para leer o bueno para tirarlo a la basura (al contenedor azul, por favor). De nuevo, la necesidad de reconocimiento. Se lo pasé a un par de amigas para que me dieran su opinión. Y me la dieron, muy positivas ambas. Claro, son amigas mías, qué van a decir. Pero tanto me dijeron, que pensé en publicarlo. Y así empezó este lío.

Por supuesto, el lío continúa.

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